El Parlament Catalán estudia en estos días una iniciativa de origen popular (?), para la abolición de la Fiesta de los Toros en su territorio.
Quizá, cuando hayan resuelto el asunto, comenzaran a estudiar la prohibición de las fiestas populares donde los toros son protagonistas, bous a la mar, encierros, capeas, etc. Tal vez aquí tengan más precaución, porque las fiestas de pueblo, aunque muchas veces no nos guste alguno de sus contenidos, mueven masas de incondicionales, y esas masas son votos.
Acabado ese tema, a lo mejor comienzan a estudiar la prohibición –fea palabra- del tiro de piedra por bueyes, de la caza, en todas su vertientes mayores o menores, de las fiestas donde los mozos utilizan ocas para colgarse y pasar un rio, de la cría del pato y las ocas para confeccionar el foie, de las carreras de galgos, de la cría de palomas mensajeras, de las carreras de caballos, de la utilización de animales para la carga, de los perros guía, de la explotación intensiva de la gallina ponedora, de la canaricultura, de la propia explotación cárnica del cerdo, vaca, cordero y pollo. Quizá aprueben leyes para que no se coma carne, para que el calabacín sea entronizado y, en el futuro, nos alimentamos de nabo y puerro. Todo puede ser, porque se inicia por un sitio y es fácil acabar prohibiendo la lógica y la razón.
No somos taurinos irredentos, ni mucho menos, pero lo de prohibir nunca nos ha parecido buena política. Si los toros deben desaparecer algún día, debiera suceder por extinción natural de la Fiesta, de que no haya seguidores. Ni subvenciones. A eso sí nos oponemos. Las administraciones públicas no deberían poner dinero para su mantenimiento de forma artificial. Los que quieran toros, que lo paguen. Pero no sucede así habitualmente; todos conocemos algún pueblo donde en las Fiestas Patronales la mayor partida presupuestaria se dedica a cubrir el coste de las corridas de toros, viendo luego como las plazas quedan, si acaso, a medio llenar.
Pero comenzar prohibiendo un espectáculo que propicia la cría, por tanto la no extinción del toro (España es la piel de toro, recuerdan) parece excesivo. El toro, animal muy noble que no suele atacar nunca si no es atacado, vive una vida de lujo y, cuando después de años llega su hora, se le da la oportunidad de morir con dignidad, y peleando. Ya quisiéramos los humanos ese “plan de muerte”. Y, además, quien le va a matar, no está allí con una metralleta, emboscado; está a cuerpo limpio, con un trapo colorao como toda herramienta de defensa, sacando del bicho lo mejor de sí mismo, la casta, el trapío. Y se juega la vida, no lo olvidemos.
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