Decía Alain Touraine que lo más sorprendente de la situación de crisis brutal que estamos viviendo era el silencio de las víctimas. El libro cerraba su edición justo cuando estallaba en Madrid, y otros lugares de España, una revuelta singular y que llamó rápidamente la atención de todo el mundo.
Nadie pudo dejar de sentirse concernido por el alcance de las demandas, por las críticas y por la masividad de la protesta, ni por el original modo de organización y uso de una democracia deliberativa de alta intensidad. Parecía que las víctimas, finalmente, sí reivindicaban su espacio a través de una gestión inusual de su voz en el espacio público. Precisamente, esta condición desafiante del 15M fue la primera cuestión llamativa al irrumpir el movimiento en la agenda política. Por otro lado, no era sencillo determinar de qué sujeto se trataba. No era un partido político, ni un grupo de interés, ni un movimiento social a primera vista. Nada reconocible en los viejos conceptos de la ciencia política o la sociología, pero su impacto político estaba siendo muy importante.
Queda por ver si esta presencia colectiva, como la ha llamado Boaventura de Sousa Santos, está en disposición de revertir la tendencia de la sociedad capitalista a la fragmentación y desaparición de los actores y modelos de representación política tradicional, cuyos síntomas de crisis son evidentes. En respuesta a esta crisis, han emergido otras formas de representación. Las perspectivas neopopulistas, con fórmulas de relación “directa” del líder con su electorado o base social, son una de ellas, pero no la única. Rosanvallon iii plantea la emergencia de la impolítica, esto es, de fórmulas de control indirecto del poder sobre la sociedad, expresión de la consolidación de una sociedad de la desconfianza.
El movimiento 15M señaló este factor de crisis de la representación política, elevando a categoría de símbolo mismo de la movilización lemas como: “no nos representan” o “lo llaman democracia y no lo es”.
Sin embargo, cabe preguntarse hasta qué punto el movimiento de los indignados recuperaba una perspectiva de la representación política en condiciones de reverdecer la confianza en la política y la voluntad de representación de demandas ausentes de la agenda política institucional.
Por otro lado, y dada la condición efímera de un movimiento aparentemente espontáneo y que no había pedido permiso para reivindicar su espacio, cabía preguntarse si el 15M se convertiría en un actor político. El cumplimiento de ese desafío se asociaba a la “utilidad” del movimiento,esto es, a que el 15M lograra cumplir algunos de los objetivos asociados a sus demandas. En este sentido, ha de señalarse que gran parte de los análisis socio-políticos sobre el 15M han incidido en la futilidad del movimiento, y en su liviandad programática. Como síntesis de estos acercamientos, podemos citar a Zygmunt Bauman, quien manifestó que “el 15M es emocional, le falta pensamiento”, alertando sobre el hecho de que el movimiento corría el riesgo de evaporarse.
En esta hora, el movimiento vive horas bajas, la etiqueta 15M parece languidecer atrapada entre su éxito y sus dificultades para continuar. Parece agotado el momento mágico de las acampadas y el proceso deliberativo que acompañó durante días a miles de jóvenes y no tan jóvenes, que vivieron una experiencia generacional única de politización intensa. Pero todo indica que este movimiento ha dejado un legado muy importante: ha hecho aflorar la movilización crítica, y reivindicado la responsabilidad política sobre la crisis económica, social y de representación política.
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Pedro Chaves Giraldo, profesor de Ciencia Política, Universidad Carlos III. Madrid. REVISTA SINPERMISO

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